martes, 14 de octubre de 2014

Movimientos sísmicos

Este testimonio está escrito para Vínculo Apoyo Posparto. Pero esta página, tal como fue concebida, va a desaparecer próximamente, así que como no quiero perder este homenaje a mi pequeño gran maestro, me lo traigo para aquí.


Casi dos años antes habíamos perdido un embarazo en estado avanzado. Cuando él llegó, cuando nos enteramos de que estaba embarazada otra vez, lo único que buscaba era confiar en que todo saldría bien. No quise realizar amniocentesis ni biopsia de corion. Cambié de ginecólogo porque el que tenía no confiaba en mi bebé. Y yo quería creer. Quería confiar. Sobre todas las cosas quería volver a sentirme invencible, como en el embarazo de mi primera hija… pero si algo me dejó perder un bebé es la sensación de vulnerabilidad… de que no sólo en la vida pasaban cosas… sino que, a veces, alguna, podía tocarme a mí también.
Así que enfoqué este embarazo como un reto para volver a sentirme bien. Pero siempre había algo que no me dejaba. Encontrar un lugar para parir en condiciones… decidir que no pariría en casa aunque no a todo el mundo le parecía bien… una pérdida de líquido fantasma en la semana 23… que si está bien colocado… que no me aceptan en el hospital que yo quiero… que sí… Hasta un mes antes de dar a luz no sabía dónde ni con quién pariría… Al final conseguí, por insistente, que me dejaran hacerlo donde quería. Un pequeño hospital comarcal con un protocolo de partos impecable.
Y llegó el día. El parto fue maravilloso. Corto e intensísimo. Apenas 3 horas desde la primera contracción hasta que le tenía en mis brazos. Cuarenta minutos desde que entré al hospital hasta que le abracé. No hubo intervenciones… ni innecesarias ni necesarias. Nació decidido, con fuerza.
Pero también nació enfadado. Nació con el ceño fruncido y llorando a todo pulmón. Empezó a mamar 5 minutos después y a las dos horas yo tenía los pezones ensangrentados. A partir de ahí empezamos un proceso bastante complejo con la lactancia… perdió algo de peso los primeros días y en el hospital en el que estábamos el equipo de pediatría no nos dio tregua… en lugar de apoyarnos y darnos tiempo y tranquilidad, nos atosigaron con relojes, pesos, sacaleches, biberones y amenazas.
Salimos de allí a los 3 días con el peso estabilizado, pero con los pezones destrozados y la confianza en mí misma y en mi capacidad para alimentar a mi bebé aniquilada. Y otra cosa más. Hasta que le tuve conmigo, hasta varios días después de verle, de tenerle y abrazarle, no fui consciente del miedo que había pasado durante el embarazo. Del pánico mudo que me había atenazado y que en realidad era lo que me había impedido, por mucho que yo quisiera, creer de verdad en él, en nosotros, en que todo iría bien. Nació enfadado y yo estaba triste.
Me pasé las primeras semanas llorando a su hermano que no había llegado a venir. Y él seguía enfadado. Y yo, triste, asustada y desconectada. Sólo la teta nos permitía seguir pegados día y noche. Esa teta que él no soltaba a sol ni a sombra. Ni de mañana ni de tarde. Mamaba todo el día. Mamaba un minuto y descansaba dos. Mamaba tres minutos y descansaba uno. De noche dormía media hora, en mis brazos, sobre mi pecho, y mamaba 5 horas seguidas. Así durante semanas que me parecieron interminables. Durante semanas en que  no me moví del sofá del salón. En el que toda mi vida se detuvo (esta vez sí) porque él estaba enfadado. Porque él reclamaba un sitio que yo no le estaba ofreciendo. Porque él quería que su mamá le mirase y yo sólo pensaba en que ahora tendríamos que ser uno más y no lo éramos. Bendita lactancia dolorosa, benditos pezones ensangrentados, bendita “alta demanda” que permitió que un día, no sé bien cómo aún, un terremoto me sacudiese de arriba abajo y me permitiese por fin mirar a ese bebé, relajarme, confiar en mí y, sobre todo, confiar en él…

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